Published On: Mar, Mar 21st, 2017

Por qué una película en homenaje a McDonald´s es el comienzo perfecto para el cine de Trump

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Estamos a principios de los 50. Un viajante de comercio llamado Ray Kroc, interpretado por Michael Keaton en la peli biográfica El fundador [The Founder, 2016], vende máquinas de batidos a restaurantes de todos los EE.UU. Descubre entonces en California un lugarcito extraordinario llamado McDonald’s, que dirigen los hermanos McDonald, que han revolucionado el sector […]

Estamos a principios de los 50. Un viajante de comercio llamado Ray Kroc, interpretado por Michael Keaton en la peli biográfica El fundador [The Founder, 2016], vende máquinas de batidos a restaurantes de todos los EE.UU. Descubre entonces en California un lugarcito extraordinario llamado McDonald’s, que dirigen los hermanos McDonald, que han revolucionado el sector de comida rápida con menús limitados a hamburguesas, patatas fritas y refrescos, con mostradores de atención al cliente, enormes parrillas y freidoras para un volumen de pedidos rápidos preparados en breve. En un destello cegador, Kroc ve cómo los hermanos pueden franquiciar su modus operandi por todo el país. Podrían convertirse en una iglesia norteamericana, tan ubicua como las casas de la gente decente que hace ondear las barras y estrellas. Viendo a Ray en su habitación de hotel cutre, escuchando un disco de automotivación en un tocadiscos portátil, podríamos haber adivinado que tendría ambiciones empresariales imperiales.

¿Pudiera ser el que El fundador acabara viéndose como el primer ejemplo de cine de la era de Trump? Al fin y al cabo, el pobre Ray, con su LP de cómo ganar amigos e influir en la gente, sería un candidato de primera para la Trump University. Y no hace tanto que McDonald’s era sinónimo de la maldad del dinero a lo grande en el cine. En 2004 Morgan Spurlock realizó un documental titulado Super Size Me acerca de la gula de los Big Mac y la motivación del beneficio. Pero El fundador se muestra básicamente complaciente respecto a una gran aventura norteamericana. El “nacimiento de un viajante”.

En American Honey [2016], de Andrea Arnold, Shia LaBeouf interpreta a Jake, un tipo que recluta a adolescentes desarraigados para vender subscripciones semifraudulentas a revistas. Toma explícitamente a Donald Trump como modelo para sus pantalones y tirantes. Y no anda a mil leguas de distancia del mayor hincha de Trump, Patrick Bateman, el asesino en serie de la novela de Bret Easton Ellis, American Psycho [versión cinematográfica, 2000].

Si pensamos que no hay nada semejante a un cine de Trump, consideremos esto: Steven Mnuchin, el polémico secretario del Tesoro (y antiguo mandamás de Goldman Sachs) designado por el presidente electo, es un inversor cinematográfico enormemente poderoso, entre cuyos méritos como productor ejecutivo se cuentan Mad Max: Fury Road [2015], Collateral Beauty [2016], Inherent Vice [2014], Sully [2016], The Lego Ninjago Movie [2017], Midnight Special [2016], Batman v Superman: Dawn of Justice [2016] y muchas más. Mnuchin tiene incluso una brevísima aparición como banquero en la película, pronta a estrenarse, de Warren Beatty sobre Howard Hughes, que lleva el muy trumpiano título de Rules Don´t Apply (Mnuchin es también productor de esto).

De modo que Mnuchin es verdaderamente cine de Trump. Técnicamente, se ha apartado del mundo del espectáculo, transfiriendo su empresa, RatPac-Dune, a sus colegas productores Brett Ratner y James Packer, pero nada hay que le impida volver. Los guionistas con proyectos de películas anti-Trump deberían considerar atentamente cuánto podrían irritar a un poderoso productor de Hollywood que es también secretario del Tesoro. En sus días de banquero, Mnuchin era conocido como el “rey de las ejecuciones hipotecarias” por comprar malas hipotecas y desahuciar a sus propietarios. De modo que quizás la película que debería haber producido es 99 Homes [2014], de Ramin Bahrani, con Michael Shannon en el papel de siniestro agente inmobiliario que hace dinero con la crisis de los préstamos para viviendas.

Esperar a que Trump se vaya filtrando en el cine en un sentido más amplio podría llevar algún tiempo. Aunque el Donald se anote dos mandatos, podría irse antes de que salga algo de la tubería. Pero la cuestión es que el cine siempre ha estado en consonancia con Trump. Se trata de un negocio intensamente capitalista, que mitologiza el capitalismo y que, según es fama, dirigen (y a menudo celebra a) horribles monstruos varones encantadores que dejan descontrolar su ello. Así lo hacía Billy Bob Thornton en Bad Santa 2; Robert De Niro será un cómico mayor gruñón en The Comedian [2016], de Art Linson.

La pantalla cinematográfica lleva largo tiempo poblada de figuras de don nadie que hacen algo grande o de gente que es alguien que hace algo pequeño, pero que van logrando victorias emocionales por el camino: está lleno de historias de éxito y de pesadillas satíricas acerca de idiotas masculinos que llegan de chiripa hasta lo más alto. Un jardinero ingenuo y con dificultades de aprendizaje llamado Chance articula lugares comunes banales que se confunden con cosas profundas y le llevan hasta el corazón del poder [Being There (Bienvenido, Mr. Chance), 1979]. Un doble bobalicón del presidente de los EE.UU llamado Dave es convocado para encarnar de modo permanente al comandante en jefe enfermo, pese a que resulta poco apto e inadecuado de modo risible [Dave (Dave, presidente por un día), 1993]. Un presentador de noticias estrella sufre en television un ataque en directo e incita a todo el mundo a dar alaridos: “¡Estoy loco de rabia y no voy a soportarlo más!” [Network (Network, un mundo implacable), 1976]. Un raquítico productor de Broadway pone en escena un insensible musical a favor de Hitler que necesita fallar a la hora de ocultar sus beneficios a la inspección de Hacienda, pero se convierte en un éxito de espanto [The Producers (Los productores), 2005]. Un plutócrata con aspiraciones de alto cargo promete de modo intimidatorio un fiscal especial para hacer que encierren a su adversario, “Boss” Jim Gettys, pero sufre también una enigmática herida en lo más hondo de su alma, relacionada con algo llamado Rosebud [Citizen Kane (Ciudadano Kane), 1941].

Si se buscan motivos de Trump en el cine, están por todas partes. Pero el hombre mismo está por doquier también. Hay actores, de Alec Baldwin a Johnny Depp , que lo han interpretado burlonamente, aunque no en la gran pantalla: el pelo, la corbata roja, el traje, la voz despectiva. Pero así es cómo se ha estado interpretando Trump a sí mismo y promoviendo su marca de famoso. Ha realizado montones de cameos en las películas, generalmente como sinónimo viviente del ostentoso aparato de la ciudad de Nueva York: series como The Job [2001-2002] (en la que el futuro agarrador-en-jefe de Norteamérica le pregunta a Denis Leary si se está “tirando” a Liz Hurley) y Two Weeks Notice [2002] (en la que mantiene un ácido intercambio con Hugh Grant).

La política encaja en Hollywood. Se podría sostener que son dos alas del mismo despliegue eterno de poder y prestigio, donde el progresismo coexiste de forma incómoda con el conservadurismo. Joe Kennedy (padre de JFK) se implicó por breve tiempo en el negocio cinematográfico y no se preocupaba por ocultar su antisemitismo cuando le dijo a un colega: “Mira a ese atajo de planchapantalones de Hollywood haciéndose millonarios. Podría quedarme con todo el negocio de ellos”. A la inversa, con su buen estilo a lo Joe Kennedy, Donald Trump le quitó desdeñosamente todo el negocio del Partido Republicano y luego la presidencia al “establishment”. Es interesante que Rupert Murdoch, propietario de la 20th Century Fox, de Fox News y pronto acaso de Sky TV, sea hoy en día una figura contenida, casi de mandarín, comparado con Trump, pese a haber presidido el populismo que iba a crearle.

Podríamos, por supuesto, encontrar mucho cine de Reagan o post-Reagan, cualquier cosa con un tipo decente que al final triunfa. Forrest Gump es un ejemplo de ello (aunque el que rime con Donald Trump resulte inquietante), y yo añadiría Sully, pese a la conexión de Mnuchin. Pero me llama la atención que el cine cuasi de Trump sea algo diferente: más severo, más dispéptico.

Cuando aparece el petrolero Daniel Day-Lewis en There Will Be Blood [Pozos de ambición, 2007], de Paul Thomas Anderson, dando fanáticamente golpes de pico, y encerrado luego en un extraño crepúsculo de infelicidad y excentricidad de megarrico, se trata de un arco narrativo muy trumpiano, pero quizás no es cine de Trump, justamente porque el hombre mismo no aparece como ganador. Tal vez queda más cerca The Social Network [2010] escrita por Aaron Sorkin y dirigida por David Fincher, una desenfrenada historia de éxito capitalista sobre la creación de Facebook, la red que iba a movilizar a millones de seguidores de Trump fuera de los “medios generales” del establishment y, por supuesto, a difundir noticias falsas, una transformación que no se adivina en la película.

Nuevamente la comparación es inexacta. Se supone que Mark Zuckerberg es un tipo de Harvard que intimida por lo inteligente, y la cuestión respecto de Trump es que él no goza de esas credenciales elitistas; es amigo de los tontos. Hablamos de la post-verdad; ¿qué pasa con la post-sátira? A Borat [2006], la creación de Sacha Baron Cohen, se le permitía decir y hacer cosas atroces, entendiendo que él era horrible. Donald las hace de un modo no satírico. La comedia general de Hollywood incluye hoy a menudo material extravagante: drogas, bebida, comportamiento inadecuado. A Hollywood le encanta Horrible Bosses [2011]. La gente de la campaña de Trump, los partidarios de Trump y los activistas de Trump que acosan implacablemente a la gente en la Red podrían verse a sí mismos como comediantes, como salvajes de Will Ferrell. Pero en un análisis final, Trump es la anti-comedia, tal como muestra Milo Yiannopoulos, el horripilante provocador que incitaba a acosar digitalmente a Leslie Jones, estrella de Ghostbusters [2016]. El “trumpismo” tiene el anarquismo de la comedia de Hollywood sin el humor o sin el talento.

Se podría decir que volvemos a Peter Finch en Network, en 1976, interpretando a la estrella de la televisión que se ve ascendida a celebridad protestona, y le dice a la gente que abra la ventana para gritar que están locos de rabia. Eran días aquellos en los que lo único que podía hacer la gente era gritar por la ventana. El presentador de The Apprentice [programa de telerrealidad emitido desde 2004 y presentado por Trump durante varias temporadas] hizo que gritaran por sus teléfonos inteligentes y sus portátiles, con sus alaridos de futilidad y alienación amplificados y vueltos a difundir en las redes sociales, y convertidos en votos. Una temporada de cine de Trump tiene que empezar con una proyección de Network en el 40 aniversario de la película.

Peter Bradshaw forma parte del plantel de críticos cinematográficos del diario británico The Guardian.

 

Fuente: The Guardian, 3 de enero de 2017

Traducción:Lucas Antón

Fuente: http://www.sinpermiso.info/textos/por-que-una-pelicula-que-homenajea-a-mcdonalds-es-el-comienzo-perfecto-para-el-cine-de-trump

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